El Big Bang

Por Enkidu

Contrario a lo que afirman ciertas teorías cosmológicas, Dios no se pedorrea todos los días.

"Franky ya no víve aquí"


Ayer matamos a Franky entre los cinco. No sé quien coño eran los otros cuatro ni tengo el más mínimo interés en conocerlos: jamás incluiría a un grupo de asesinos entre mi círculo de amistades. Fue todo casual, y punto. El caso es que Franky está muerto, bien muerto. Y yo he puesto mi granito de arena: la quinta parte, si somos rigurosos. Me gustaría ser un cristiano ejemplar, hablar de lo mucho que lo he sentido, de cuanto pesa sobre mi conciencia su muerte. Pero no puedo, lo siento: mi conciencia no da para más. Franky está muerto, hoy luce el sol y está a punto de llegar la Navidad. La Navidad es un mendigo entre bolas de colores pidiendo limosnitas a la salida del Burger King. O de unos grandes almacenes, es igual. La Navidad, en fin, es eso. Lo demás, el resto, son historias. Como lo de Franky. Él, Franky, es historia. Probablemente le hayamos hecho un favor, a Franky, digo. Eso nunca lo sabremos y tal vez sea mejor así. Un brindis por el siniestro de Santa Claus, otro por el Big Mac  doble con queso y refresco mediano de cola  y otro brindis, el último, discreto, sin que nos vea nadie, por Franky.

Travesuras


—¿Puedo salir a jugar, mamá?

—Sí, pero no te alejes, que el sol ya no luce.

Por el vano de la puerta el crío asoma. ¡Qué negra está la noche oscura! Saca primero un pie, después la pierna entera. Acaricia las sombras con sus brazos tendidos. El tiempo vuela y de casa le reclaman. Pero el niño no contesta, duerme junto al portal. Sus labios, tiznados; en el cielo roto, un mordisco de luna y pellizcos de estrellas. 

—¡Comiste noche, Alonso! —exclama la madre—. ¡A la cama sin cenar!

Vísteme despacio


Raudo, le enfunda y abotona la camisa con una maestría que sólo concede la práctica. Treinta segundos. Alza el cuello almidonado y le pasa la corbata, con un nudo Windsor ya preparado, mientras procura no despeinarle; ajusta la tela y, sin volver la vista, recoge los pantalones de la silla de atrás. Cincuenta segundos. El pie derecho se traba en un defecto del dobladillo de la pernera: tiempo perdido en el estira y afloja. Mete los faldones de la camisa, abrocha, sube la cremallera y ciñe el cinturón. Dos minutos y veinte segundos. Calcetines y zapatos son coser y cantar, pero los botones de la chaqueta se resisten a hermanarse con los ojales —por los gases, imagina—; empuja un poco la barriga y ya está.

Besos

Por Enkidu

Es tan rico recibirlos
en la boca, en los ojos,
las mejillas, los oídos,
incluso en el pelo. Y bueno,
nos tocan de verdad regios.

Los hay para las manos,
los dedos de los pies,
los que se deslizan por las piernas
y llegan hasta el sexo fiel.

También descienden desde el cuello,
pasean por el pecho,
se acurrucan en el vientre
y a la postre se pierden,
como malos exploradores,
en el centro de las pasiones.

Los juguetones se descuelgan
desde el reposo de la espalda,
resbalan por la columna
hasta caer de nalgas.
Lucen como trapecistas
que oscilan con delicia.

De sapos

Por Enkidu

Ah qué sapos tan tontos
que le croan a la luna
para enamorarla
con sus cantos nocturnos

tontos, por no comprender
que les es inalcanzable
y que ni la más bella trova
logrará acercarla a su ser

necios, por despertar
cada noche para buscarle,
para saltar a la muerte
y encontrarla renuente

ah vida de sapos
que se va en un lago,
en brincos al reflejo
plateado, hechicero,
en una vida sin miel.

Cuaderno

Por Enkidu

Tengo abierto el cuaderno donde guardo tus recuerdos. Sus líneas se curvan como tus caderas. Cada letra en él se agita trémula. Tengo que hojearlo con cuidado religioso, ya su papel está impregnado con la humedad de tu placer, y la fragancia que emana al leerse recuerda tu fabulosa piel. No me distraigas y permite que te escriba de una vez.

Área de juegos


De niña perseguía la felicidad deslizándose por los grandes zapatos rojos de tacón del parque. Ya de mayor, la buscó andando sobre unos espléndidos toboganes colorados.

Dánae y la lluvia


Hace mucho que se deshizo de la reproducción barata del Klimt que tanto le gustaba. Que lluevan monedas o tarjetas VISA, se resigna Clara, mientras resbalan por sus mejillas gruesas lágrimas amarillas.

A quien madruga


Al alba, cuando fueron por él, ya se había levantado. A Dios le despertaron los disparos.